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LOS MOMOS MÁS ALTOS DEL MUNDO

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Este verano me comí los momos a mayor altura del mundo mundial. Fue en el Khardung La, el paso transitable más elevado del planeta. Con 5602 metros de altura se encuentra situado entre la ciudad de Leh y el Valle de Nubra, en la región de Ladakh, el “Tibet indio”. (Los que me seguís quizá recordaréis que estuve trabajando y pasando miedo en esas tierras el verano pasado. Si eres flojo de memoria pincha aquí).

Yo subí desde Leh al día siguiente de haber llegado de Delhi. No estaba aclimatado, ni a la altura ni a las carreteras ladakhis, tan plagadas de precipicios que dan miedo a cada minuto. La subida al Khardung es lenta y polvorienta. Riadas de camiones del ejercito indio bajan y suben sin parar, haciendo que la ruta sea un continuo frenazo, esquivando vehículos y acodándose peligrosamente entre caídas y desprendimientos de tierra.

Después de 2 horas de despeñaderos llegué a lo alto del puerto. Encima mío picachos llenos de nieve, a mi alrededor una aglomeración sucia de 4 o 5 cobertizos del ejercito. Cuando bajé del coche me encontraba mareado y feliz. Aún era pronto, así que el paso estaba despejado, libre de los grupos de turistas indios que llegan un poco más tarde. La mañana era clara y, frente a mi, se distinguía la mole imponente del K2 y el Gashembrum. Vértigo y belleza.

Caminé por el paso, me saqué las fotos de rigor con las señales del paso; 18360 pies, 5602 metros de altura. Y, al girar la cabeza hacia el sur reparé en otro cartel junto a un chamizo de lata ondulada pintada de rojo; “La cafetería más alta del mundo”. Sonaba bien y prometedor, así que entré a curiosear. El ambiente estaba cargado de humo, pero era acogedor. Dentro calor, fuera frío y cierzo, lo cual fue suficiente para decidir quedarme y pedir un té calentito con leche. Dulce y especiado.

Acodado en la barra escuché palabras familiares. Los camareros, soldados del ejercito indio, hablaban entre ellos en nepalí. Eran gurkhas, soldados de élite, reclutados en las faldas de los Annapurnas. Siempre que oigo esa lengua me siento en casa, así que comencé a chapurrear con ellos algunas palabras. Nos reímos y nos preguntamos por nuestro origen. Los soldados llevan allí arriba una vida dura. El puesto del Khardung La está muy concurrido en verano, cuando los turistas lo invaden durante 2 meses. El resto del año es un punto solitario y congelado.

La administración de la cantina le corresponde a los soldados, y, quiero suponer, que parte del provecho económico también va a parar a sus bolsillos. La conversación siguió feliz y anodina cuando, de repente, vi salir un humeante cuenco de momos de la cocina. Los momos, dumplings rellenos, son uno de los platos más típicos de la cocina tibetana y nepalí. Me asomé a la cocina y vi, encorvado sobre un fuego de “canfín”, a otro soldado. Según supe después se llamaba Parvat Chettri. Parvat, el cocinero, originario de Katmandú, aprendió a preparar momos de manos de su abuela. Después se alistó en el ejercito indio y terminó en aquel puesto perdido de la mano de Dios.

Pedí una ración de momos, más por solidaridad con los chicos que por hambre. En realidad estaba mareado, y, después de un trote alegre para ver el K2, tenía unas ganas importantes de vomitar. Tampoco esperaba mucho de ellos, preparados con pocos medios en aquella cocina improvisada. Pero, para mi total sorpresa, estaban muy ricos. Muy ricos de veras. Rellenos de verdura, humeantes, jugosos y tiernos. Además el “achar” que los acompañaba era bastante bueno. Una salsa de color rojo ladrillo que picaba como un demonio. Sabía a chiles secos, a ajo y a jengibre, y te dejaba la lengua dormida. Me comí un plato lleno flotando de felicidad, mientras daba sorbitos al chai mientras me ardía la boca. Me supieron a gloria.

Después de un almuerzo tan delicioso salí de nuevo al frío del exterior. Volví a saludar al K2 y me monté en el coche. Aún tenía por delante 5 horas de miedo antes de llegar a Nubra.

Si alguna vez pasáis por el Khardung La dadle una oportunidad a los momos “más altos” del mundo. No os decepcionarán.

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